Frugalidad y resiliencia (o la toalla y el pañuelo)

Blog No.4

“Si usted piensa que tiene que lavar su toalla, tal vez no se está bañando bien.”

Sadghuru

“El mundo ha cambiado” hemos dicho muchos para señalar el impacto de la pandemia de COVID19, pero la frase más precisa sería: “El cambio del mundo se ha acelerado” ya que el mundo ya venía cambiando desde hace varios lustros.

Los cambios de era -normalmente- son producto de una tecnología disruptiva que causa un cambio en el modelo de producción y consumo (la economía), que a su vez produce cambios en las interacciones humanas (la sociedad), que finalmente produce cambios en las relaciones de poder (la política) y eso conjuga una serie de factores que hacen identificable un cambio de era. En la era prehistórica, el modelo era de caza y recolecta, la riqueza era la fuerza, la sociedad era tribal y el líder o jefe era el que monopolizaba el poder. En la era agrícola, el modelo era el agropecuario, la riqueza era la tierra, la sociedad era feudal y el poder se distribuía entre una nobleza y un clero, encabezados por monarca, en la cual todos controlaban tierra. En la era industrial, el modelo era el capitalismo, la riqueza era monetaria y de bienes de capital y el poder era de democracia liberal (en el capitalismo de mercado) o de dictadura fascista o comunista (en el capitalismo de estado). Los cambios normalmente han sucedido mediante procesos violentos (“La violencia es la partera de la historia” frase atribuida a Karl Marx) ya que el viejo orden usualmente se resiste a cambiar.

Un maestro itinerante iba por un camino con su pupilo y se hizo de noche. Para no pasar frío y hambre, se acercaron a una cabaña que tenía una vaca amarrada afuera. Tocaron a la puerta y los invitaron a entrar. El alumno notó una gran pobreza en ese hogar; todos estaban sucios, emaciados y tristes. Les ofrecieron leche y un poco de queso. El maestro preguntó a qué se dedicaban y el padre de familia les respondió que era muy pobres, que no tenían más que su vaca que les daba leche y que con ella hacían queso. A la mañana siguiente los viajeros se despidieron y cuando estaban afuera, el maestro le dijo al alumno, “Tira la vaca por el barranco.” El alumno no lo podía creer; este hombre tan sabio y bueno le decía que hiciera un acto de absoluta crueldad, tanto con el animal, de cuya leche se alimentaron la noche anterior, como con la familia, que tenía en esa vaca su única fuente de alimentación. “Tira la vaca por el barranco” insistió el maestro. Después de dudar un momento más, y a la tercera orden de su maestro, el alumno tiró la vaca por el barranco y ellos siguieron su camino.

Muchos meses después, volvieron a caminar ambos por este paraje y el maestro indicó que quería pasar nuevamente por la cabaña de la vaca desbarrancada; el alumno pensó que era una muy mala idea pero no dijo nada y tan solo siguió a su maestro. Al irse acercando vieron la casa más limpia y arreglada, incluso notaron una estructura adicional, vieron campos sembrados y abundantes frutos, llegaron a la puerta y tocaron. Les abrió una joven sonriente y los hizo pasar, el padre de familia los reconoció y los invitó a comer. La mesa estaba bien puesta y con una abundante y variada comida. El maestro les preguntó que qué había sucedido en esos meses que, de haberles visto en pobreza, hoy tenían abundancia. El padre de familia les contó que el día que ellos se fueron, la vaca se cayó por el barranco y se murió, así que no le quedó más remedio que vender su carne y con lo poco que le dieron, compró semillas y plantó su campo; mientras éste germinaba, se dedicaron a talar madera y hacer muebles que vendieron en el pueblo, también compraron hilos y telas y su esposa inició con sus hijas un taller de confección de pañuelos, servilletas, manteles y cortinas… y así una cosa llevó a la otra y ahora tenían una vida más próspera. “¡Gracias a Dios se nos cayó la vaca por el barranco!”

¿No es bueno que de vez en cuando nos tiren la vaca por el barranco?

Los cambios de era generan transformaciones que, poco tiempo atrás, eran impensadas. Así mismo las grandes tragedias nos marcan de forma indeleble y las sociedades que usan la experiencia para aprender y que se vuelven a levantar, normalmente alcanzan estadios superiores de desarrollo. Japón sufre 1,500 terremotos al año y siente 1,000 temblores al día; esto sin hablar de los periódicos tifones y tsunamis. No es de extrañar que Japón sea un país altamente resiliente y que las conferencias de Naciones Unidas convocadas para establecer las reglas y normas para enfrentar y recuperarse de eventos catastróficos, se hayan hecho en Hyogo y en Sendai. De estos eventos han surgido normas de construcción y de preparación de las poblaciones para aumentar la resiliencia. 

También es propio de la cultura japonesa la frugalidad. En Japón no se desperdicia nada: las cerámicas rotas se vuelven a pegar -a veces con metales preciosos- y la cicatriz de la junta se vuelve parte de su belleza; en la ceremonia del té, cada movimiento está previsto para ahorrar tiempo y evitar desperdicios; el concepto industrial del just in time fue adoptado por los japoneses con fervor casi religioso; al igual que en muchas culturas orientales, lo antiguo y usado es lo más valioso; en las casas japonesas se entra descalzo, así la suciedad de la calle no entra a la casa y el hogar se mantiene más limpio; las casas tienen muy pocos muebles y las habitaciones son multipropósito. Esta cultura de la previsión, de la frugalidad y de la resiliencia explica mucho del éxito japonés. No es de extrañar que el impacto fatal del COVID19 haya sido mucho más leve en Japón que en otros países de similar población y desarrollo.

Hay todo tipo de vaticinios planteando que, después del Coronavirus, habrá triunfado el modelo comunista chino y otros apostando por un resurgir del capitalismo occidental. Lo más probable, sin embargo, es que el COVID19 nos haya tirado la vaca por el barranco al punto de que surgirá un nuevo paradigma, un Nuevo Normal, que será significativamente distinto a lo anterior, en cualquiera de sus dos modalidades dominantes.

Es previsible que preferiremos lo confiable a lo ignoto; que favoreceremos lo durable a lo desechable; que optaremos por la natural y fresco, contra lo envasado y con conservantes; que solo nos acercaremos físicamente a los que conocemos y que pondremos una saludable distancia con los ajenos; que preferiremos lo hecho a la medida, contra lo masivo o genérico. También es previsible que buscaremos prepararnos para la próxima pandemia o fenómeno disruptivo y optaremos por cadenas de suministro más cercanas y confiables y que también determinaremos ciertas cosas que no nos pueden faltar nunca y por ende, buscaremos seguridad alimentaria y de elementos de salud.

Pero también nos habremos dado cuenta de lo verdaderamente importante en la vida y habremos descubierto otras formas de trabajar y de producir que generen más salud -tanto física, como mental y emocional- y menos desperdicio -sea de tiempo, de energía o de materiales- de manera que, tanto a nivel personal, como familiar, comunitario y social, seremos más saludables; ya que habremos comprendido cómo nuestra salud depende de que los demás estén saludables. Haremos más ejercicio, comeremos mejor -tanto en calidad como en cantidad y frecuencia- dedicaremos más tiempo a la familia y los amigos, también a cultivar todas nuestras dimensiones, sean la física, la mental o la espiritual. Todo ello genera enormes oportunidades de bienestar, pero también de negocios y emprendimientos -tanto profesionales como empresariales- siempre y cuando hayamos aprendido la lección y armemos ese futuro con los nuevos elementos que nos ha dejado la pandemia.

Una vez me dijo mi amigo Ramón Gateño: “En las crisis hay dos tipos de personas: las que lloran y las que venden pañuelos.” Gracias a la pandemia hemos tenido que adoptar conductas de frugalidad y de inventiva que nos impulsan a la nueva era con mayores capacidades y destrezas, no solo para vivir bien, sino también para el bien vivir.

Si de esta experiencia salimos transformados, habremos aprendido a bañarnos bien para no ensuciar la toalla y a hacer pañuelos en lugar de llorar.

Milton Cohen-Henriquez Sasso

10 comentarios sobre “Frugalidad y resiliencia (o la toalla y el pañuelo)

  1. Estimado Milton. Muchas gracias por compartir la reflexión, me identifico totalmente.

    La actual situación en Panamá, y por extensión en el resto del mundo, provocada por un organismo de proporciones microscópicas, pero con repercusiones mundiales, nos ha obligado a replantear nuestra propia existencia y modo de vida. Nos ha forzado a redefinir nuestro marco de faena y a pensar con detalle introspectivo cómo debemos llevar, de ahora en adelante, nuestras acciones.

    En un futuro recordaremos el “cómo era antes”… y ojalá, en caso de perder el rumbo, dicho recuerdo nos encamine nuevamente hacia las verdaderas e importantes prioridades, de forma que encontremos otra vez la nueva ruta trazada.

    Este camino forzado nos ha llevado a no poder interactuar y a no poder compartir momentos con nuestras familias extendidas y amigos.

    Nuestra vida no será igual, tendremos que descartar mucho, rescatar lo salvable, reaprender, y reinventar con lo que quede para hacerlo mejor de cómo era antes. Es decir, estaremos obligados a ser más metódicos, con mayor apego a los nuevos detalles, pero sin olvidar los aspectos básicos y esenciales de la vida.

    Este proceso de ineludible resiliencia lo vimos venir desde hace mucho tiempo, y lo ignoramos totalmente. La naturaleza nos está dando una dura, pero valiosa, lección de vida y humildad… y esto definitivamente no lo podemos ignorar. Llegó el momento de ser resilientes y estamos, por tanto, obligados a acogerlo sin vacilación… Por el futuro y el bien de nuestro pequeño pedazo tierra que es Panamá, por nuestro bien y el de nuestras familias, y por todos nuestros conciudadanos que hoy día pasan momentos de incertidumbre.

    Un saludo,
    Luis Rovira

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  2. Querido Milton, agradezco mucho tus reflexiones y claro entendimiento, con las cuales estoy absolutamente identificada.
    De lo poco que queda en mí de “económetra” extraje hace tiempo tus conclusiones en cuanto al cambio de era en el cual estamos inmersos, sin darnos cuenta quizás, desde hace ya algún que otro lustro, cuando irrumpió la “Red de Redes” entre nosotros. Ni siquiera con modelos econométricos, basados en funciones que relacionan determinadas variables y extrapolan el futuro desde el comportamiento histórico de las mismas, a las que se les incorporan unos grados de libertad y componentes aleatorios, podemos saber cómo va a ser el mundo al que volvamos a asomarnos, tras el confinamiento global.

    Las convulsiones, disrrupciones, y el dolor es lo que acompaña al nacimiento de muchos seres vivos, por supuesto los humanos entre ellos, y como mujer y madre, doy fe de ello, ¿porqué no iba a existir el “dolor colectivo ,social y económico”, en las sociedades y civilizaciones?. En el devenir histórico, todo alumbramiento, toda creación implica cambio y dolor, transformación, y romper “zonas de confort”. La necesidad es la mayor base para la superación, claro que sí!!..

    Tenemos el “difícil privilegio” de ser testigos del nacimiento de un nuevo mundo, y si asumimos el reto, son tiempos fascinantes para la creación y la imaginación, como “alfareros” tenemos una ingente, yo diría infinita cantidad de “materia prima” a nuestra disposición. Si luchamos por mantenernos como seres independientes intelectualmente hablando y libres, que es lo que podría estar amenazado en un determinado escenario, podremos tener la oportunidad de crear libremente, y entonces viviremos una época fascinante y maravillosa, en la que equilibremos el uso de las tecnologías y de la Naturaleza con la integración en nuestro entorno natural, intelectual social y personal.

    Yo estoy convencida, de que si somos capaces de mantener la mente clara, el corazón abierto a un nuevo latir más humano y cercano, nuestros criterios propios e independientes, y sobre todo el concepto de libertad como esencial, el mundo que volveremos a construir, será mejor que aquel que dejamos atrás. La crisálida dará lugar a una mariposa aún más bella!.
    Al menos eso es lo que me gustaría creer!.

    Gracias de nuevo por tu siempre interesante reflexión!!
    Un abrazo desde Sevilla, por ahora virtual…

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  3. Hola Milton:

    Tú artículo, lleno de referencias y guiños, me conduce a Thomas S. Kuhn y a su “Estructura de las revoluciones científicas”, aplicable a tu relato. En términos generales, el filósofo describe la noción de PARADIGMA como el resultado de la aceptación, compromiso, consentimiento, coherencia unificada de teorías, modelos, leyes, aplicaciones e instrumentaciones aceptadas por toda la comunidad científica. Otro tanto podemos decir del marco social.

    Lo que entendemos por ciencia se empeño con fervor, desde siempre, en obligar a la naturaleza a adaptarse a sus esquemas conceptuales, modulando un contexto cultural de mitos y creencias hasta desembocar en nuestra NORMALIDAD…

    Cierta red de intereses demuestra que los hechos sociales y las teorías científicas no son categóricamente separables. De un paradigma científico-técnico universalmente aceptado, nació la globalización que obvió tradiciones y constelaciones diversas en las que pujaban otras formas de interpretar el mundo, mucho más FRUGALES y RESILIENTES y, por ello, menos atractivas para las sociedades de consumo.

    Lo que entendemos hoy por “Paradigma Normal”, detesta las innovaciones, “la Disrupción” como bien dices, en tanto altera y subvierte sus fundamentos que, en cierto sentido, son arbitrarios como es todo lo humano. Así se generan contextos de descubrimiento y justificación, dice Khun.

    Pues bien, ahí, en esa zona de confort, la denominada NORMALIDAD, donde “la familia” sobrevive con su Vaca, sus pobres y enclenques previsiones y en la que precariamente subsistimos los humanos amaestrados por meta-relatos míticos, aparece “el bicho”, una “anomalía genética”, quizás la manifestación de un Avatar que al intentar controlar las “gunas”, las tres proyecciones de la Naturaleza, “empuja la VACA al barranco”, poniendo en cuestión reglas, procedimientos, seguridades y esfuerzos sistémicos…creando cierta orfandad y madurez forzada.

    Las “catástrofes” naturales son singularidades, acaecidas en estructuras complejas, invisibles porque se producen como afirma René Thom “en espacios abstractos de N dimensiones” y escapan, por el momento, al control de la tecnología… Esta idea genera frustración, gran perplejidad e inseguridad y, a la vez, como tú bien dices la oportunidad de re-nacer a otra forma de ser: Algo imprevisible porque desconocemos el contexto a donde nos conduce la deriva.

    Es obvio que nuestra “Normalidad” sufre un extravío, UNA GRAN ANOMALÍA en términos khunianos. Algo deja de funcionar porque ha dejado de satisfacer los retos sobrevenidos. Procede una reconstrucción¡¡¡…¿Cómo?… Acaba por imponerse lo Extraordinario y, si se quiere, también emerge un gran Caos portador, es cierto, de “un cierto orden implicado” (David Bhom), lo que suscita un cambio inconmensurable e ineludible de nuestro mundo que, por otra parte, no surge de forma espontánea sino que ha sido alimentado por variables ocultas aleatorias, continuas, cualitativas y cuantitativas, en las que el ser humano es una pieza operativa fundamental.

    Milton, en otro apartado, haces referencia a la Resiliencia y Frugalidad japonesas:”En Japón no se desperdicia nada”, dices, “Cada movimiento está previsto para ahorrar tiempo y evitar desperdicios”; “el concepto industrial del “just in time” fue adoptado por los japoneses con fervor casi religioso”; y yo me permito añadir que ese estudio de tiempos y movimientos, que Fayol y Taylor en EEUU aplicaron a la producción en cadena, fue en Japón asociado en su momento a cierta trascendencia rigorista, no exenta de Belleza y crueldad, cuestión que en Occidente se suplió por la noción pragmática de Utilidad que, posiblemente, se ha extrapolado ya de forma irremediable al resto del mundo.

    Por otra parte, estimo que este proceso de cambio “violento”, al que te refieres, no es bueno ni malo en el orden del universo. Las categorías de bondad y maldad aplicadas a la Creación son fruto de nuestra conciencia perceptiva y vulnerable, la cual se asienta en la mayoría de los seres humanos en un gran sentimiento ético proclive al amor y a la compasión que nos conmueve en ciertos momentos… y que despierta ¡¡¡¡sólo en ciertos momentos¡¡¡

    La historia nos ha dejado un reguero de tragedias naturales y sociales, siempre superadas gracias a esa FUERZA que nos habita y a la que pertenecemos, aunque también muchos luchadores han quedado en el camino porque “su circunstancia”, en términos orteguianos, le impidió fabricar “pañuelos”, tal fue el empeño de su incomprensible destino. Ni todos tienen la Baraka, ni a todos les es dado el valor y la fe. Un misterio!!!

    La RESILIENCIA, en estas circunstancias volátiles, recibe el nombre de CALMA, la que enseña a disfrutar y añorar las buenas compañías, a percibir las vibraciones del silencio sonoro, el canto de los pájaros, a re-pensarnos, a respirar, a dar amistosamente, con generosidad, y como dice el Dalai Lama: “tener calma supone haber sufrido momentos tormentosos que se transitarían mil veces hasta volverla a encontrar”.

    Así pues lo NUEVO NORMAL, efectivamente, se impone como cambio de reglas y reconstrucción de nuestro pobre mundo. En definitiva, asistimos a la emergencia de un nuevo PARADIGMA que si de verdad nos arrebata porque nos dejemos transformar, al estar abiertos al Espíritu del Imprevisto, supondrá una “otra” Normalidad, con su cuerpo aceptado de teorías que legitimarán otros métodos sustentados en el respeto y la diferencia de tradiciones….Eso si somos optimistas. Entonces habremos conformado nuestro ansiado PARADIGMA NUEVO.

    Esto nos obliga a mirar hacia atrás, a nuestras diversas historias, a nuestros sabios y maestros, deteniendo el tiempo, para poder atisbar con serenidad y esperanza un futuro más pleno, donde sea posible fabricar pañuelos y darles también uso: secar las lágrimas cuando sea preciso…hasta en lo NUEVO NORMAL habremos de llorar, más de una vez.

    Y… después de tan sesuda reflexión… tengo que confesar que preferiría no vivir tiempos tan “interesantes”… casi me conformaba con otros menos abruptos, más “Aburridos”…y “Normales”, con mi vieja Vaca, a la que me había acostumbrado, esa, la que se despeñó de repente por el precipicio…Será porque nada tengo previsto ni pañuelos ni toallas…quizás…tan solo “un si acaso”…!!!

    ABRAZO FRATERNO

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  4. Grqacias, Milton. Muy bueno.

    Te comento que yo soy tan floja que prefiero llorar que hacer pañuelos. Ya quiero que me dé COVID. Estoy totalmente deshubicada en el mundo. Ya ni la temperatura del cuerpo normal es la misma. No entiendo nada.

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  5. D. Milton,
    Los comentarios que ha plasmado en este ensayo está directamente relacionado con el título directo y el metafórico. Comparto las ideas que plasma y seguramente, para muchos, habrá un “Nuevo Normal”, en donde se adaptarán con eficiencia, pero para otros, que espero que sean los pocos, querrán seguir haciendo lo mismo que hacían en el mundo pasado.
    Saludos cordiales,

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