La rana, el Raj, los guardias y los prisioneros

Blog No.7 

“El Gobierno siempre toma la decisión correcta… luego de haber agotado todas las demás opciones.”

Refrán popular.

Cada vez que revisamos la historia y que repasamos episodios como el nazismo o las demás dictaduras -de izquierda y de derecha- que hemos padecido en el mundo, surge la pregunta ¿y cómo es que la gente aceptó someterse a eso? La respuesta es muy sencilla: poco a poco o mediante mucha violencia.

Un profesor quería contestar esta pregunta de forma muy gráfica. Trajo al salón de clases una rana, una olla con agua y una estufa. Puso a hervir el agua y echó la rana adentro. Al sentir el calor del agua hirviendo, la rana saltó hacia afuera rápidamente. El profesor recuperó la rana, cambió el agua por una a temperatura ambiente y colocó la rana adentro. La rana se dedicó a nadar plácidamente en el agua. Poco a poco el profesor fue aumentado la temperatura del agua con la estufa; la rana siguió disfrutando del agua, que se ponía cada vez más caldeada, con lo que se iban relajando los músculos de la rana; cuando el agua se puso de un calor intolerable, la rana ya no podía saltar.

El Raj, o dominio Británico en la India, perduró de 1858 a 1947; durante este tiempo, Gran Bretaña gobernó con unos cien mil funcionarios y otros ciento cincuenta mil soldados, sobre unos doscientos a cuatrocientos millones de personas, en un territorio que cubría los actuales estados de Pakistán, India, Bangladesh y Birmania/Myanmar. Este dominio de muy pocos sobre una población mil a dos mil veces mayor, terminó cuando un hombre llamado Mohandas K. Gandhi convenció a los otros cuatrocientos y tantos millones de indios (tanto hindúes, como musulmanes, sikhs y demás habitantes del Raj) que dejaran de obedecer. Esta desobediencia empezó cuando el Mahatma Gandhi anunció que iría al mar a producir sal. Esta idea que parece inocua, era un delito durante el Raj, ya que la producción de sal era un monopolio de los británicos; miles, decenas de miles y luego cientos de miles, lo siguieron en ese acto de desobediencia. Más adelante hizo otro tanto al producir la tela de su propia ropa -de hecho la imagen más icónica de Gandhi es hilando algodón para hacer tela- lo cual también estaba prohibido. Gandhi sabía perfectamente que producir sal o hilar y tejer telas, no quebraría económicamente al Imperio Británico, su intención era otra. El mensaje de Gandhi era que doscientos cincuenta mil británicos solo podían gobernar a cuatrocientos millones de indios en tanto y en cuanto estos últimos obedecieran a los primeros.

“El Estado soy yo.”

Luis XIV de Francia.

Cristóbal Colón no era castellano ni aragonés. Magallanes tampoco lo era, ni tampoco era español, pero ambos emprendieron proyectos a beneficio de esos países y no de los suyos de nacimiento. Esto que ahora parece algo anormal, en ese tiempo era lo común y era así porque uno no estaba al servicio del país en donde nació, sino del rey al cual se sometía o se volvía súbdito. Para ser más precisos, el soberano no era el pueblo o la nación, sino el Rey. Por eso Luis XIV dijo su famosa frase y no mentía ni exageraba. 

El Estado es una entelequia que se ha creado para gobernar poblaciones; en su evolución se ha ido del “Yo” -el Rey- al ”Prójimo” -los ciudadanos- como depositarios de la soberanía o derecho a la obediencia. Sin embargo, en todos los casos, dicha obediencia está en función de que el soberano ejerza ese poder en beneficio de los súbditos. 

“Son pocos los que prefieren la libertad. La mayoría solo quiere un amo justo.”

Salustio

Así como Abraham Lincoln definió la Democracia como: “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, los déspotas ilustrados definieron su sistema como: “Todo por el pueblo… pero sin el pueblo” y, a pesar de lo chocante de la frase, subyace el mandato del buen gobierno a favor de los gobernados aún cuando la forma de gobierno sea despótica. 

En 1971 el Profesor Philip Zimbardo hizo un experimento que fue conocido como El experimento de la cárcel de Stanford. En dicho experimento, el Profesor Zimbardo dividió a sus estudiantes – todos alumnos comunes y corrientes de la Universidad de Stanford- en dos grupos: uno de prisioneros y otro de guardias. Usaron un sótano de la universidad que convirtieron en celdas. A los prisioneros se les vistió con un mono naranja -como el que se usa en las cárceles- y a los guardias se les uniformó con camisa y pantalón caqui, gorras, lentes oscuros y tolete. El experimento debía durar dos semanas pero se tuvo que cancelar antes de una semana. Se canceló porque los guardias se pusieron cada vez más sádicos y los prisioneros fueron cada vez más sumisos, a pesar de que sabían que era un experimento y que todos estaban actuando roles.

En estos tiempos en que el modelo aspiracional es el Estado de Derecho, gobernado por el pueblo y para el pueblo, la realidad es que muy pocas naciones -incluyendo muchas que se definen como democráticas- tienen gobiernos realmente subordinados a la soberanía popular. La promesa de la democracia representativa nos hizo soñar con la soberanía del pueblo, pero la necesidad de intermediación -de allí lo de representativa– desvió el proyecto hacia el control de una minoría representativa (sic) sobre los demás.

Sin desconocer las excepciones, en la mayoría de nuestros países las estructuras del poder público trabajan en función de los intereses de oligarquías -tanto de la llamada derecha como de la llamada izquierda– y los beneficios que reciben los pueblos son más concesiones graciosas para mantener a la gente tranquila –pan y circo decían los romanos- que verdaderas políticas motivadas por el Bien Común.

Sea un jefe de tribu, un señor feudal, un rey, un emperador o un gobierno democrático representativo, la subordinación de un grupo mayoritario a una persona o a un grupo pequeño, para que administre el poder público, se hace por un propósito útil y hasta noble, pero nadie lo hace para ser vejado o maltratado. Por ello el derecho a rebelión y hasta magnicidio de un tirano, es reconocido en la doctrina y, si no lo fuera, igual acaba sucediendo. 

En estos días excepcionales en donde todos aceptamos mansamente -y también prudentemente- restricciones a nuestra libertad, la tendencia de los que gobiernan en función oligárquica, es la de acrecentar su poder sobre los pueblos y la de expoliar -o más francamente, robar- de los recursos públicos, todo lo que puedan, ya que actúan sin control externo y el confinamiento evita manifestaciones de repudio. Solo los países que tienen sólidas instituciones públicas, están saliendo indemnes -y hasta fortalecidos- de esta prueba de adversidad. Sin embargo, creo firmemente que, para aquellos que -en cualquiera de nuestros países- nos quieren robar nuestra libertad y nuestro patrimonio, la sonrisa se les va a convertir en mueca.

Sostengo esto no porque vaya a surgir un adalid que nos libere de la tiranía, sino porque cada vez surgen nuevas y mejores formas de darnos los bienes sociales sin necesidad de intervención del Estado. Estas nuevas formas de interactuar a través de redes inteligentes y de obtener la satisfacción a nuestras necesidades mediante plataformas ágiles, transparentes, de costo casi cero o muy barato y con poca intermediación, reducen significativamente las posibilidades del desperdicio y de la corrupción.

Esta situación de confinamiento y virtualidad ha provocado que muchas cosas “que no se podían hacer” -normalmente porque había mafias que lo impedían- ahora sean una realidad; esto también nos ha generado un mayor sentido de solidaridad y corresponsabilidad social y nos ha mostrado todo lo que podemos hacer por fuera de las burocracias públicas, a través de la iniciativa y la comunicación ciudadanas.

¿Hasta dónde la extensión de una Ley Seca es para evitar consecuencias nocivas del consumo irrestricto del alcohol y no para mantener un lucrativo “mercado negro”? ¿Por qué las bolsas de comida o los subsidios deben ser distribuidos por estructuras políticas y no mediante sistemas neutros y transparentes? Frente a esto, antes solo quedaba quejarse y protestar; hoy la gente tiene como saltarse las estructuras y satisfacer sus necesidades dándole la espalda al Estado.

Estamos a las puertas de un cambio de era, un cambio en donde realmente tomemos en nuestras manos la soberanía ciudadana y dejemos de ser objeto de juegos de poder entre elites -que solo nos quieren meter en la olla- y pasemos a un modelo verdaderamente participativo, responsable, efectivo y eficiente. 

En ese momento podremos decir: “El Estado somos nosotros” y el gobierno que nos demos, tomará decisiones correctas con las primeras opciones.

Milton Cohen-Henríquez Sasso

8 comentarios sobre “La rana, el Raj, los guardias y los prisioneros

  1. Estimado Milton, como siempre tu artículo resulta bien estimulante, suscitando pensamientos y conceptos dignos de ser resaltados.

    En cuanto al “experimento de guardias y prisioneros”, al que te refieres, hace muchos años me llamó la atención el Dilema del Prisionero (Prisoner’s dilemma), es este un modelo destinado al análisis de conflictos muy frecuentes en la sociedad y que ha sido estudiado a fondo por la Teoría de Juegos. Una de sus aplicaciones, “el equilibrio de Nash” podría ser de aplicación a las decisiones que han de tomar las autoridades y los propios ciudadanos para superar cierto estado de cosas. Ambos actores habitualmente tienen intereses contrapuestos y, como si de jugadores se tratara, acarician por separado la tentación de cambiar sus estrategias de actuación pero, terminan por no hacerlo, en tanto los dos consideran, sin que el otro se entere, que sufrirían una pérdida y esa supuesta desmejora provocaría una disfunción más incómoda que el estado de cosas susceptible de cambio. Quedan pues dos opciones, o el jugador aventajado sibilinamente va dejando que el contrincante se confíe, como la rana, de forma que cuando quiera reaccionar lo tenga ya todo perdido, o quien juega con desventaja, la rana que no es rana inocente sino alguien que piense en futurible, léase el ciudadano que no se deja cocer a fuego lento, en un punto de bifurcación no previsible promueva una respuesta contundente a expensas de abandonar la comodidad de la infantilización consentida y ajena a cualquier responsabilidad. Es decir, corre el riesgo.

    Frente a esas dos alternativas no tengo más remedio que retrotraerme, otra vez, a Pericles quien en su Discurso Fúnebre, según Tucídides, recuerda a los atenienses que la libertad, la dignidad y la justicia son elementos propios de la Democracia (Demokratos). En él hace referencia a la necesidad de los procesos deliberativos de los ciudadanos libres para la toma de decisiones, basadas en el respeto al contrincante y a las leyes. La ciudad-estado griega no era pues una “entelequia”, porque se defendía la libertad y “el amo”, en términos de Salustio, se convertía en “el mejor servidor” que debía acatar las normas establecidas por todos aceptadas. Al menos esa era la teoría.

    Decía Pericles: “Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos públicos como en las rivalidades diarias de unos con otros, sin enojarnos con nuestro vecino cuando él actúa espontáneamente, ni exteriorizar nuestra molestia, pues ésta, aunque inocua, es ingrata de presenciar.

    En el año 1.944, dos insignes judíos, miembros activos de la Escuela de Fráncfort y promotores, como respuesta al nazismo y al comunismo, de una “Teoría Crítica” de la Ilustración que reaccionaba contra el neokantismo y el positivismo lógico de la Concepción Heredada de la Escuela de Viena, escribieron: “La humanidad no sólo no ha avanzado hacia el reino de la libertad, hacia la plenitud de la Ilustración sino que retrocede y se hunde en un nuevo género de barbarie”. Horkheimer y Adorno se proponen comprender esta dramática “regresión” que significaba el fin de la Ilustración y llegan a una conclusión que formulan en una doble tesis bien conocida: “El mito es ya la Ilustración ; la Ilustración recae en mitología”.En definitiva, los miembros de esta corriente entendieron que el proyecto emancipatorio de la Ilustración había derivado en autodestrucción y en alienación de las masas modelada, por una industria cultural alimentada por la propaganda.
    “La razón se colapsa sobre sí misma”, ante el impulso de dominación de la naturaleza y de los seres humanos. Hoy también podríamos decir con ellos que la Democracia es un “mito”

    Tanto Horkheimer y Adorno como Hayek, Karl Popper y Hannah Arendt llevan a cabo sus reflexiones frente a la barbarie de los gobiernos totalitarios que se consolidaron en Europa: Comunismo y Fascismo, en tanto epílogos de la Ilustración, al tiempo que denuncian la tensión entre fines y valores. Hoy nuestras democracias son instrumentales y competitivas, no atienden a la compenetración recíproca ni al entendimiento basado en el consenso y corremos el riesgo de que la ineficiencia de los gobernantes actuales y de la ciudadanía desactivada, (como la rana), conduzca al coqueteo con los totalitarismos.
    Ya Max Weber había alertado contra “el desencantamiento del mundo”, la desvalorización de la trascendencia y la racionalización cultural. Este vacío será aprovechado por los nuevos profetas de “otro paraíso”, siempre inalcanzable. El terreno está abonado por la estulticia generalizada.

    Frente a esta postura pesimista de la historia de occidente, dentro del mismo marco epistemológico y ante el fracaso de las democracias representativas, surge la “Teoría de la Comunicación” de Jurgen Habermas, vinculada a su idea de “Democracia Deliberativa”, término acuñado por Joseph Bessette: “Deliverative Deemocracy”, conjunto de reglas para los nuevos estados que conforman un marco teórico y una crítica social vertebradas por una ética discursiva, ajena a todo tipo de compraventa de promesas y “concesiones” que garanticen “la aceptación mansa” y “prudente”, representada en el “dilema del prisionero”. Habermas sugiere un cambio de paradigma, poniendo de relieve los peligros de una razón instrumental cosificante y propone revitalizar el proyecto emancipatorio de la Ilustración, de forma que la Democracia no aparezca como un significante vacío. Lo mismo que Schumpeter subraya que eso a lo que se le denomina Democracia resulta ser un “mercado político”, en el cual el ciudadano es un mero consumidor dirigido que compra con su voto ” ofertas”, vendidas por una oligarquía que sólo tiene un interés: mantenerse en el poder y seguir “jugando” con su “rana”

    El modelo Deliberativo nos remite a Pericles, pues se tienen en cuenta las diversas opciones para la toma de decisiones. Supera la legitimación del poder económico-administrativo falto de una dimensión moral y ética asentado en la ausencia de procesos deliberativos y obliga a re-pensar la democracia como teoría social, ética y política. Como en el caso de Gandhi, serán las micro-políticas de resistencia mucho más eficaces que las grandes acciones.

    Hay, sin embargo, una esperanza. El potencial autoritario resulta precario porque la comunicación forzada por los ciudadanos llevará implícito un contrapeso emancipatorio, frente a las pretensiones de verdad, que siempre son susceptibles de crítica. Nada puede ser blindado por el poder, siempre que haya actores capaces de ser observadores de su realidad, respondiendo autónomamente de sus propios actos. Cuando las personas hablan entre sí con “conocimiento” hacen surgir nuevas posibilidades, y pequeñas resistencias promueven grandes movimientos: léase “aleteo de la mariposa”.

    Se impone, en verdad, en este tiempo una nueva forma de hacer política; participativa y deliberativa que tenga en cuenta la calidez del “mundo de la vida”, que no cosifique la naturaleza ni los seres humanos, ni sus producciones, que de una vez defienda la igualdad de derechos, que valore la capacidad y la excelencia de sus ciudadanos y dirigentes, ya sea como factores de autorrealización ya sea como garantía de bienestar social, que se asiente en el consenso y la voluntad colectiva con una participación formal e informada en los procesos de legitimación. En consecuencia, es precisa la participación de ciudadanos activos, educados para tomar las riendas de sus vidas porque hayan desarrollado sus capacidades individuales dispuestas a la interacción, forjada tanto en el acuerdo como en el disentimiento.

    Bella lección de Pericles, rematada por Horkheimer, Adorno y con la propuesta de Habermas… la de una Democracia Deliberativa fundamentada en una Teoría de la Comunicación.
    Abrazo fraterno desde una España devastada por el “bicho” y por una clase política que… ¡¡¡bien merecemos…¡¡¡¡

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  2. Excelente articulo Milton !!!
    Soy un fiel creyente de digitalizar al Estado, lo cual va acorde con todo lo que mencionas pues evitaría los manejos corruptos de los dineros de la población (vg. Blockchain), mejoraría la educación (vgh. plataformas educativas bien montadas exigiendo un mayor curriculum a nuestros maestros y profesores y sacando a política de la educación) y muchos ejemplos más.
    Mis sinceras felicitaciones y un gran abrazo !!!

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  3. Buenos días D. Milton,

    Estos comentarios han estado muy atinados con relación al experimento académico y a algunas pinceladas de historia conocida, por lo tanto, bien interpretada por todos.

    El tema de la forma de gobernar, dentro de todo el espectro que hay en el mundo actual, es un tema que hablo con amigos y familiares muy allegados, que puedan interpretar correctamente lo que puedo decir, algunas veces con acierto y otras, no tanto. No obstante, en su escrito lo toca con mucho tino, sin profundizar, ya que no es la idea, pero es muy claro y contundente, siempre que sea bien interpretado.

    Yo digo, algo similar, que actualmente, finalizando la segunda década del s. XXI, no se puede seguir gobernando con las ideas, e incluso con las mismas palabras, que antes de los 90 y 80 del s.XX, en donde existía una población mayoritariamente ignorante, con mucha falta de información e idolatrando a sus líderes, otrora reyes. Actualmente, la gran mayoría tiene acceso a la información en cuestión de segundos, si quiere. Esta información está relacionada a lo que se hace en otros países, bueno o malo, y también del precio de lo que vale cualquier cosa, y del tiempo de entrega y de cómo se entrega. En los países desarrollados, la mayoría compra online, y en los que no, como Panamá, también lo hace utilizando puentes intermedios que funcionan muy bien… por lo tanto, se conoce de todo.

    Esta situación que lesa a la humanidad, que ojalá no hubiese sucedido, pero que sabemos que podrán venir otras más, ha hecho que muchos gobiernos queden en evidencia con los ciudadanos que allí habitan, y que las “mafias” de cualquier índole, que participan activamente en todos los gobiernos el actual y los anteriores, queden también de manifiesto.

    Yo también estoy de acuerdo que no es necesario un adalid que seguir, no son los tiempos, pero sí es necesario que ese adalid sea el propio pueblo o un gran número de representantes de este que deseen lo mejor para sus comunidades y, por ende, para la humanidad en general.

    Me ha gustado mucho su relato, D. Milton.

    Saludos,

    Héctor Montes Franceschi

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